Sirvienta / Mucama
Caro Canela es una bella colombiana recien llegada al Perú, sin conseguir trabajo alguno, se da por ser empleada del hogar, ella inocentemente va a la casa de un joven Peruano.
Este sujeto con engaños desde que entró a su departamento ya le miraba con otros ojos, ojos de deseo , ganas de follarla por el culo, con mentiras Russo le hace subir a su habitación para que Caro Canela empiece con la tarea del hogar, él sube detras de ella y en el minimo descuido de Caro, este sujeto adicto al sexo, la empuja hacia la cama , rompiendo su pantalon y empezando con una buena chupada de culo.
Ella al inicio no se deja, empieza a quejarse pero él, aun más excitado se le pone mas dura la verga y empieza a follarla muy duro por el ano, hasta dejarle todo el culo lleno de leche y haciendola gemir muy fuerte.
Desde México llegó Verito Aguas, en búsqueda de un trabajo estable, su carisma y buen derrier la ayudó a encontrar uno en tiempo record. El amable Aldo le ofreció un trabajo como sirvienta cama dentro, lo que no esperaba la hermosa mexicana era que su traje de trabajo era tan sexy como revelador, constaba de una cortita falda que apenas cubría sus redondas nalgas y un sujetador que parecía dejaría al aire sus hermosas tetas paraditas.
La putita mexicana sabía muy bien cómo ganarse el cariño de su jefe, así que no dudó en ponerse ese corto traje y modelarlo a su patrón, regalándole una hermosa vista de su escultural cuerpo.
Aldo comenzaba a excitarse cada vez que veía a su sensual trabajadora y eso era algo que no iba a controlar por mucho tiempo.
Aquel día Verito Aguas estaba más putona de lo normal y no paraba de coquetearle a Aldo, controlado por el deseo, aquel hombre tomó a Verito y comenzó a quitarle la ropa, besándola con deseo, ella también le correspondía tocándole la verga. La muy putita ya deseaba ser penetrada por todos lados.
Una joven colombiana, llena de deudas y desesperada por encontrar trabajo, se topa con una inesperada oportunidad: un joven le ofrece un puesto como empleada cama adentro en su apartamento. Aunque no es lo que había imaginado, el pago atractivo la impulsa a aceptar el trabajo.
Con muchas esperanzas, se traslada a la nueva vida que la espera, deseando superar sus problemas económicos.
A medida que pasan las semanas, el joven se da cuenta de la vulnerabilidad de la chica y le propone un trato: más dinero a cambio de tener relaciones sexuales. Ella, en un principio reacia, se siente atrapada por la atracción que empieza a sentir por él. La situación se complica cuando él le muestra su atractivo físico, lo que provoca una mezcla de deseo y confusión en la joven.
Finalmente, la joven se encuentra en una encrucijada, debatiéndose entre su moral y el deseo que el joven despierta en ella. Atraída por la promesa de placer y una mejor situación económica, cede a la tentación y se entrega a una experiencia que cambia su vida. Lo que comenzó como una simple oportunidad de trabajo se convierte en una intensa conexión que la lleva a explorar nuevas facetas de su sexualidad.
Clara, una joven venezolana llena de energía y con una belleza natural que no pasaba desapercibida, llegó a la casa de Antonio en busca de trabajo como empleada doméstica. Antonio, un hombre de mediana edad, amable y respetuoso, se sintió impresionado no solo por su apariencia, sino por su actitud profesional y su disposición a trabajar con dedicación.
Después de una breve entrevista, le ofreció el puesto y le explicó las condiciones laborales, que incluían usar un uniforme, aunque algo más moderno de lo que ella esperaba. Clara, después de leer cuidadosamente el contrato y confirmar que todo era respetuoso y consensuado, aceptó el trabajo y se preparó para su nuevo rol.
Con el pasar de los días, la relación entre Antonio y Clara fue desarrollándose de manera natural. Él siempre fue claro y directo con ella, y Clara, a su vez, mantenía una actitud profesional, aunque la chispa de atracción entre ambos se fue haciendo cada vez más evidente.
Compartían conversaciones amenas durante los descansos, y una cálida complicidad comenzó a formarse. Aunque el trabajo de Clara era puramente doméstico, ambos se daban cuenta de que algo más estaba creciendo entre ellos, pero ninguno quería forzar la situación. Siempre había un respeto mutuo, y cualquier acercamiento se daba de manera consentida y con miradas cómplices.
Una tarde, después de una larga jornada, Antonio y Clara se quedaron en la habitación charlando más de lo habitual. La tensión entre ellos, lejos de ser incómoda, se había transformado en un sentimiento compartido de atracción. Fue en ese momento que, con un suave gesto, Antonio le preguntó si podía besarla.
Clara, con una sonrisa sincera, asintió. Se besaron lentamente, disfrutando el momento sin prisa, sabiendo que lo que estaban iniciando era algo genuino y consensuado. Ambos entendían que cualquier paso que dieran adelante sería con respeto y sin presión, construyendo una relación basada en confianza y mutuo acuerdo.
Clara, una joven venezolana de 19 años, había llegado a la casa de Daniel, un hombre de 30, buscando trabajo como empleada del hogar. Él la contrató para que se encargara de las tareas de limpieza, agradecido por su disposición y energía. Durante las primeras semanas, Clara se concentró en su trabajo mientras Daniel, ocupado con su rutina, apenas la notaba más allá de lo estrictamente necesario. Sin embargo, poco a poco, las interacciones casuales comenzaron a cambiar; pequeñas conversaciones al pasar se hacían más largas, y las sonrisas entre ambos se volvían más frecuentes.
Con el tiempo, la atmósfera entre ellos se fue transformando. Cada vez que Clara pasaba cerca de Daniel mientras él trabajaba en casa, había un sutil cruce de miradas que dejaba una sensación de tensión en el aire. Daniel se encontraba buscando excusas para hablar con ella más a menudo, y Clara notaba cómo su presencia lo alteraba de manera agradable. Lo que comenzó como una relación laboral formal fue tomando otro matiz: las bromas compartidas, el roce accidental de manos al pasar un objeto, y la complicidad que iba creciendo en silencio. Ambos intentaban mantener las cosas profesionales, pero el deseo de estar cerca el uno del otro se hacía evidente.
Finalmente, una tarde, tras una conversación más íntima de lo habitual, Daniel no pudo contener más sus sentimientos. Admitió que lo que había comenzado como una relación laboral se había transformado en algo mucho más profundo. Clara, sintiendo lo mismo, confesó que también se había enamorado de él. Lo que antes era tensión sensual y silencios llenos de significado se convirtió en un amor genuino. Sin darse cuenta, ambos habían pasado de empleador y empleada a ser una pareja que compartía mucho más que solo un hogar.